Para que el amor perdure después de las flores y el chocolate…
Bajo la publicación en francés en español o francés
Este año, sin ceder a la embriaguez de San Valentín, mi corazón y mi razón se han puesto de acuerdo para reflexionar sobre lo que es esencial en el amor.
Mi edad, llevándome a dos tercios del camino, me hace sentir la absoluta necesidad de que mis actos sean auténticos para crear algo de valor. Todo lo que se alimenta de la apariencia, de lo superficial, me repugna, y sin concesiones, no quiero ni puedo conformarme con emociones tibias.
No vayan a imaginar que he perdido mi candor, mi ligereza de ser, el gusto por la frivolidad y los placeres poco confesables. En el amor, conservo intacto mi apetito sin reservas por la expresión romántica. Sin embargo, más allá del brillo efímero del instante amoroso, me queda mi exigente lucidez.
¿Qué quedará en la mañana del 15 de febrero después de la fragancia de las rosas, la efervescencia del chocolate y la exultación de los cuerpos?
Puesto que al despertar al día siguiente, la realidad cotidiana retomará su lugar, ¿cómo perdurará el encanto para que, durante los próximos trescientos sesenta y cuatro días, permanezcan el gusto del deseo y las ganas del otro?
No esperen de mí un método universal. El tema es demasiado complejo, demasiado íntimo para que valga una única respuesta.
Cada amor, nacido de la mezcla de emociones y sentimientos de uno u otro en nuestras parejas, tiene su propia dinámica, resultado de la sensibilidad, la voluntad, la creatividad, la habilidad y el deseo de dos seres únicos, aunque en el fondo tan semejantes, que buscan lo mismo: una felicidad compartida.
Así que, aunque en realidad no exista una regla para que el amor dure más allá del tiempo de las rosas, esta receta debería ayudar a sanar muchos de nuestros males de amor: «El verdadero amor no puede vivir sin compasión, y la compasión se alimenta del coraje».
He comprendido que para amar una y otra vez al otro, primero hay que amarse a uno mismo, tanto en sus grandezas como en sus debilidades. Para saber amar, se necesita un corazón compasivo.
Sin compasión, ¿cómo reconocerse en el otro cuando se manifiesta el caleidoscopio de diferencias de ese ser al que amábamos ciegamente con tanta fuerza; cuando la estupefacción reemplaza la irritación; y cuando, de manera insidiosa, la duda engendra la necesidad de tomar distancia?
Pero cuando la compasión se arma de coraje, se persevera con tenacidad. Cada uno preserva lo esencial al aprender del impacto de la expresión, a veces torpe, de las diferencias.
Hace falta valentía para educarse y ejercitarse en la compasión. Nada está jamás garantizado, todo sigue siendo impermanente, humanamente imperfecto. Pero es en este esfuerzo bien invertido donde la magia opera.
Al esforzarnos por amar al otro, también nos descubrimos a nosotros mismos. Nos vamos puliendo al enfrentarnos con las asperezas del otro. Y así, el espíritu de San Valentín perdura, con sus desilusiones, sus altibajos, pero también con esos instantes de alegría compartida. La vida en común se despliega, marcada por momentos dulces y floridos.
Esto es lo que verdaderamente creo, porque lo he aprendido con la experiencia. Por eso, se los comparto tal cual, para que ustedes y yo sigamos aprendiendo a amarnos...